Ginecólogo oncólogo. Cirujano. Jefe de servicio. Pero antes de cualquier título, un médico convencido de que cada decisión debe explicarse hasta entenderse.
Mi primera paciente con cáncer de ovario avanzado tenía la edad de mi madre. Lo que aprendí ese año no fue técnica quirúrgica — fue lo que significa para una mujer escuchar la palabra cáncer.
Decidí entonces que si iba a hacer esto el resto de mi vida, no iba a permitirme tratar el tumor sin tratar a la persona. Por eso mi consulta dura una hora. Por eso explico todo dos veces. Por eso estoy disponible por WhatsApp después de una cirugía.
No soy el médico más rápido. Soy el médico que se asegura de que entiendas cada decisión que tomamos juntos.
Mi convicción es simple: cada paciente merece que su decisión médica se tome con el mejor método disponible. No con la rutina. No con la prisa. No con la opinión solitaria del primer médico que la ve.
Por eso construí mi consulta privada en torno a tres principios:
1. Tiempo suficiente. Una primera consulta de 60 minutos no es un lujo. Es lo que necesito para escucharte completa, revisar tus estudios, explicarte el escenario y construir un plan que entiendas.
2. Decisiones por evidencia. Cuando explico una recomendación, te explico también por qué la guía clínica vigente la respalda. Si las guías cambian, mi recomendación cambia. La medicina avanza — la práctica también debe avanzar.
3. Continuidad real. El expediente no se cierra al salir del quirófano ni al final de la consulta. El seguimiento estructurado a 24 horas, 7 días, 21 días y 90 días no es protocolo: es convicción de que la cirugía termina cuando regresas a tu vida.